Cuento de terror: Una ventana inquietante

 La ventana que nunca lograba cerrarse

Sofía se mudó a un pequeño departamento en un edificio antiguo, de esos donde cada baldosa parece tener memoria propia. La primera noche notó algo extraño: la ventana del dormitorio estaba entreabierta. No le dio importancia; supuso que el dueño anterior la habría dejado así.

La cerró con firmeza.

Pero a la mañana siguiente, nuevamente estaba abierta.

Intentó de todo: trabarla con una silla, asegurarla con cinta gruesa, incluso colocar un pestillo nuevo. Aun así, cada noche la encontraba entre unos centímetros abierta, lo suficiente para que entrara una corriente fría que jamás se sentía en el resto del departamento.

Una madrugada, tras escuchar un leve golpeteo, Sofía despertó sobresaltada. Una brisa helada recorría la habitación. La ventana, otra vez, estaba abierta.

Pero esta vez había huellas. Pequeñas marcas alargadas, como dedos, sobre el marco interior, como si alguien —o algo— hubiera empujado desde fuera.

Se armó de valor, encendió la linterna del celular y se acercó con pasos lentos. Afuera solo se veía el patio interno del edificio, oscuro y silencioso. Cerró la ventana de golpe y, por impulso, apoyó la frente contra el vidrio para recuperar el aliento.

Del otro lado, a pocos centímetros, otra frente helada se apoyó al mismo tiempo.

Sofía retrocedió de inmediato. Pero cuando volvió a mirar… la ventana estaba totalmente abierta, sin que se hubiera escuchado un solo sonido.

Esa noche decidió dormir en el sofá del living. Aun así, desde el pasillo, escuchó el inconfundible chirrido de la ventana abriéndose lentamente, como si supiera que ella estaba despierta, esperando.

Y cuando apagó la luz del celular, en la oscuridad, escuchó un susurro que venía desde su habitación… llamándola por su nombre.


A veces, lo que entra por una rendija solo espera que vos la abras por completo.


¿Te animarías a dormir sabiendo que una ventana insiste en abrirse sola?




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