Cuento de terror corto del hospital abandonado

 La Sangre No Hace Eco

El hospital San Bravio llevaba diez años abandonado, pero las ventanas seguían empañándose cada noche, como si alguien respirara desde adentro. O algo.

Mateo cruzó la reja oxidada a las tres de la madrugada. Buscaba grabar un video para su canal: exploración urbana, lugares malditos, ese tipo de cosas. Pero esa noche el aire estaba demasiado quieto, como si el edificio contuviera la respiración.

El pasillo principal estaba cubierto de una capa de polvo… salvo por un único rastro: huellas húmedas, humanamente pequeñas, que comenzaban en la nada y se perdían en una sala quirúrgica al fondo.

Cuando Mateo entró, la temperatura bajó de golpe. Las lámparas rotas del techo parpadearon sin electricidad. Y entonces vio la camilla.

Había un cuerpo, o lo que quedaba de uno. Desollado, sin rostro, apoyado de costado como si alguien lo hubiese dejado ahí apenas unos minutos antes. Lo peor no era la carne expuesta, ni los hilos secos que parecían haber sido arrancados a mano. Lo peor era que el pecho se movía. Respiraba.

Mateo retrocedió. El cuerpo también lo hizo. No con las piernas: arrastrándose, imitando exactamente sus movimientos. Cada paso para atrás era repetido por ese trozo de carne viva, como un eco sanguinario.

De repente escuchó un chasquido detrás de él. Al girar, vio su propia silueta en la oscuridad. Pero no era una sombra. Era él… aunque su piel estaba separada del cuerpo, sostenida como una prenda vacía por manos invisibles.

La piel habló con su voz, pero sin boca:

—Te dije que no entraras acá.

La camilla vacía empezó a gotear sangre fresca. El cuerpo sin piel se levantó, torpe, tendiendo sus manos húmedas hacia él, buscando recuperar lo que le faltaba.

Mateo corrió hacia la salida. Pero cada vez que avanzaba, el hospital se estiraba, alargando los pasillos, multiplicando las puertas. Desde todas las salas empezaron a escucharse susurros húmedos, chirridos, arrastres… como si los órganos de alguien caminaran sin dueño.

Finalmente encontró la salida. La cruzó.

Pero afuera, la piel que llevaba puesta ya no era la suya.

Detrás de él, el hospital se quedó quieto. Respirando bajito, satisfecho.

A veces, la piel que llevás puesta no te pertenece.

¿Entrarías a un hospital abandonado… aunque algo adentro siga respirando por vos?



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