Cuento de terror: Una puerta que no debía abrirse
La Puerta que No Figuraba en Ningún Plano
Cuando Luciana heredó la vieja casa de su tía abuela, no esperaba encontrar nada más inquietante que la humedad que avanzaba por las paredes. Era una construcción antigua, de pasillos largos y habitaciones bajas, donde cada sonido parecía demorarse más de lo habitual. Aun así, todo le resultaba familiar… excepto por una puerta.
Entre la despensa y el dormitorio principal, había un marco estrecho, pintado del mismo color que la pared, con una cerradura pequeña que parecía demasiado nueva para una casa tan vieja. Luciana revisó los planos que había encontrado en un cajón: la puerta no aparecía. De hecho, en el diseño original, ese espacio estaba completamente vacío.
La primera noche, intentó ignorarla. Cerró todas las persianas, puso música suave y se acostó temprano. Pero desde el pasillo se filtraba un sonido que no podía identificar: un roce, como si algo liviano pasara una y otra vez contra la madera. No era viento, no era un animal. Era demasiado rítmico.
A la segunda noche, el sonido cambió. Ya no parecía un roce, sino un golpecito leve, insistente, casi educado. Como si alguien tocara desde adentro.
Luciana pensó en llamar a un cerrajero, pero la idea de que alguien más abriera esa puerta la inquietaba más que enfrentarla ella misma. Buscó la llave entre todas las que había heredado. No coincidían. Sin embargo, cuando apoyó la mano en la cerradura, escuchó un clic suave, como si la puerta hubiera decidido destrabarse sola.
La abrió apenas unos centímetros.
Dentro solo había oscuridad. No un cuarto vacío, no un depósito: oscuridad. Profunda, densa, sin paredes visibles. Luciana sintió que ese espacio absorbía la poca luz del pasillo, tragándola sin devolver nada. Y entonces, desde ese vacío absoluto, algo la llamó. No una voz, sino un pensamiento que no era suyo: No cierres.
Retrocedió de inmediato y empujó la puerta, pero se detuvo antes de tocar el marco. No sabía por qué, pero sintió que si la cerraba del todo, algo del otro lado quedaría con ella para siempre. Optó por trabarla con un mueble pesado. Toda la noche escuchó, sin interrupciones, un suave roce que nunca había sonado tan paciente.
A la mañana siguiente, el mueble estaba movido. Y la puerta, entreabierta.
Luciana volvió a mirar los planos. Esta vez notó algo que se le había pasado: en la esquina inferior había una anotación escrita a mano, probablemente por algún arquitecto o inspector hace décadas. Decía: “No abrir. No pertenece a la casa.”
Luciana dejó los planos en la mesa y sintió cómo, tras ella, los golpecitos regresaban con un ritmo más ansioso.
A veces, lo más peligroso no es lo que abre una puerta… sino lo que insiste en que no la cierres.

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