Relato de terror: El último andén
El último andén
Marco era revisor nocturno en una estación que solo abría a los trenes que nadie recordaba.
Los tableros marcaban destinos que cambiaban si alguien miraba demasiado tiempo.
Una noche iluminó un andén donde una fila de pasajeros aguardaba sin sacudirse el polvo.
Sus pasaportes estaban vacíos; en cambio sus rostros repetían nombres de personas que Marco conocía.
Un niño le entregó un billete con el destino escrito: Olvido.
Marco lo leyó y sintió cómo su nombre se hacía hueco en la lengua, como una palabra que se borra.
Al intentar gritar, entendió que la estación no aceptaba protestas: solo cambios de registro.
En el andén, alguien pegó un cartel nuevo: "Última salida: Marco Fernández — Pendiente".
Las estaciones no pierden pasajeros… los devuelven cuando ya nadie puede nombrarlos.

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